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Una de las cosas más notables al observar los murales mexicanos que artistas como Rivera, Orozco, Siqueiros o González Camarena, pintaran durante los años 20 y 30, es que casi todos se hicieron en palacios de origen español. Bajo el primer impulso de Secretario de Educación Pública José Vasconcelos (1921-1923), los muralistas mexicanos, de acuerdo con las nuevas dinámicas y políticas posrevolucionarias, emprenderán una monumental campaña por re-significar muchos de los espacios de poder contaminados por la historia colonial o por la larga historia porfiriana. El resultado fue una relectura directa del papel del artista barroco en su relación con el poder.

Si los muralistas mexicanos tienen algo que ver con los muralistas barrocos es su completa cercanía al poder y la entrega voluntaria a la transmisión de los valores propagandísticos que en cada época representaban los intereses de los mecenas.

Rivera podía pintar desde la "raza cósmica" de Vasconcelos, pasando por la más estricta observancia católica, el nacionalismo más ramplón, la militancia más obrera y la militancia antiespañola, sin que le temblara el pincel.

Vasconcelos (ministro de educación) (1921-1923?): “Deseo que las pinturas sean ejecutadas lo más rápidamente posible, sobre el mayorespacio posible. Dejemos que sea un arte monumental y didacta, como extremo opuesto a la pintura de estudio”.

En 1923, el Manifiesto del Sindicato de Trabajadores, Técnicos, Pintores y Escultores, firmado por David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, José Clemente Orozco, Carlos Mérida y otros, hacía la siguiente declaración, muestra del optimismo populista que les guiaba:

“El arte popular de México es la más importante y la más rica de las manifestaciones espirituales y su tradición original es la mejor de todas las tradiciones… Repudiamos el llamado arte de estudio y todas las formas artísticas de círculos ultraintelectuales por sus elementos aristocráticos y ensalzamos las manifestaciones del arte monumental como una amenidad popular. Declaramos que toda forma de expresión estética extranjera o contraria al sentimiento popular es burguesa y tiene que ser eliminada, puesto que contribuye a la corrupción del buen gusto de nuestra raza, que ya está casi completamente corrupta en las ciudades”.

Rivera: pintor regular, pero sensacional iconógrafo, un arribista de izquierda stalinista, que pasaba información de sus compañeros de lucha tanto a los servicios de información soviéticos como norteamericanos.

Orozco: un periodista de cantina interesado en cómo ofrecer espectáculo rápido y facilmente consumible.

Siqueiros: responsable más o menos directo de la defenestración y muerte de Trotsky.

González Camarena: hombre de clase media que no estuvo tan sujeto a los estragos del rampante nacionalismo mexicano, y que fue capaz de analizar con cierta lógica el choque de culturas.

Diego Rivera: Anahuacalli: museo creado por Rivera en la ciudad de México con su colección particular de piezas arqueológicas prehispánicas, de arte moderno y sus propios bocetos, obras, y material diverso (unas 50.000 piezas en total). No hay mayor despropósito del artista: un edificio fortaleza de pretendido estilo azteca (aunque casi parece nazi), parte estudio, parte museo, que debía formar parte de una ciudad de las artes, en la que artistas, artesanos, músicos, bailarines y gente de otras disciplinas crearan un espacio de intercambio y creación. En el taller del artista, hoy escenografiado con algunos bocetos de murales, obras de caballete, piezas arqueológicas, etc…, aparecen Stalin, Mao, Frida…

La construcción del Anahauacalli comienza en 1944. Rivera compró las piezas entre 1930 y 1940, y lo hizo legamente ya que la ley federal sobre monumentos y zonas arqueológicas data de 1972. En 1955, y a través del Banco de Mexico, Rivera funda una fundación para administrar el edificio y la colección.

anahuacalli3.JPG

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