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Las tres mentiras del mexicano:
-la última, y nos vamos
-mañana te lo pago
-nomás la puntita (el resto es para empujar)

La expresión “ahorita” supone una manera de evadir el sistema estructurado capitalista del tiempo y del espacio. Se adapta la dinámica social a cada uno, no se adapta cada uno a una dinámica preestablecida por consenso social.

Los políticos sólo son prestidigitadores que desvían la atención. Política ventriloquial.

Ningún mexicano llega jamás a la hora. Está incluso mal visto. El tiempo se adapta al mexicano, porque su ética es estética.

Pocas veces dice alguien la verdad cuando preguntas por una calle, o por la duración de un recorrido en autobús: en vez de decirte “no lo sé”, dicen “quién sabe”. Y no mienten, sino que se detesta admitir el no saber algo.

Se miente sobre los productos con el simple afán de vender.

Pocas veces se cumple la palabra o la promesa. El mexicano no cree en el valor del sentido de las palabras: solo expresan el estado de ánimo o la intención de uno mismo: son autobiográficos, no sociales… no pretenden conceder un espacio codificado común. Sí ocurre con el albur, y con las palabras propias de una sociedad secretista.

La razón última de la expresión social mexicana es examinar al interlocutor sobre el conocimiento de las claves y códigos secretos de participación. No se miente, sino que simplemente se esconde el truco y lo único que aparentemente vé uno es el efecto que produce.

En el protestante, la palabra tiene un sentido exacto y común, y deviene la referencia para juzgar los actos que la palabra desata: la palabra es un acto de interfaz. La promesa es sagrada. Para el barroco, la promesa es un acto de sustento estético.

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