“Hacia finales de los años veinte el centro trata de respirar mejor: se abrieron nuevas arterias… Con ellas se modificó la circulación de la ciudad vieja, pero al mismo tiempo se crearon nuevos puntos de vista que acentuaron la monumentalidad de la ciudad”. 33
“Durante los primeros años del siglo XX, la burguesía mexicana descubre el provecho que puede sacar de la explotación comercial y turística del pasado colonial.” 72
“Las Leyes de Reforma (1855-1867) instauraron la separación entre Iglesia y Estado. Con ellas se expropiaron treinta y siete monasterios: dieciocho de mujeres y diecinueve de hombres. El año 1861 perteneció a las demoledoras, que derribaron decenas de edificios en algunos meses. Muchos de los vestigios monumentales de la ciudad antigua desparecieron, tachados del mapa urbano. Los soldados irrumpieron en las iglesias para arrancar las estatuas barrocas de sus zócalos y para desmantelar las estructuras de los grandes retablos, utilizando la fuerza de sus caballos. En estas circunstancias, el inmenso retablo de la iglesia de San Francisco de Tlatelolco, obra maestra de finales del siglo XVI, se convirtió en carbón.
La suerte del gran monasterio de San Francisco se dictó de igual manera. Su historia se confundía con la de la evangelización en la ciudad y en el país, al amanecer de la conquista española. Sus edificios abarcaban una superficie considerable: una iglesia, dos vastas capillas, un gran atrio, un claustro principal, claustros secundarios y un jardín hacían una ciudad en la ciudad, constantemente mantenida y renovada en el transcurso de los siglos. A mediados del siglo XIX el convento aún alojaba a cerca de cincuenta frailes. En 1856 el gobierno tomó como pretexto el descubrimiento de una conspiración en el interior de San Francisco para castigar a los frailes y suprimir por primera vez su convento. Poco después, las autoridades ordenaron la apertura de la calle de Independencia (que se convirtió con Porfirio Díaz en la avenida 16 de septiembre), escindiendo en dos partes casi iguales el espacio ocupado por las dependencias del monasterio; la enfermería, la cocina y varias celdas podían derribarse. Pero las autoridades tuvieron que multiplicar las presiones sobre los obreros para que se atrevieran a tirar los muros del venerable edificio. ¿Cómo darse valor para profanar la sacralidad de esos lugares? Lo que quedó del jardín del convento pasó de manos del ejército a manos de un francés y después de un empresario, quien crearía en 1886 el Hotel del Jardín, establecimiento de lujo qure recibía a los extranjeros de paso por México. En 1861 se demolieron todos los edificios que subsistían en el ángulo delimitado por las calles de San Francisco (hoy Madero) y San Juan de Letrán. El año siguiente no quedó nada del interior neoclásico de la iglesia principal. El gran retablo del escultor Jerónimo Antonio Gil (1782) al igual que la sillería del coro (1715) se convirtieron en humo. Para terminar de expulsar el recuerdo del catolicismo, la República mexicana concedió la iglesia a un italiano, Chiarini, quien instaló un circo donde presentaba números ecuestres. A partir de entonces la iglesia se usó para resguardar caballos y carros, antes de servir de templo para la comunidad protestante (1880). Vengándose de tres siglos de catolicismo, el protestantismo iconoclasta “limpió” lo que había escapado de las demoliciones: la fachada churrigueresca de la capilla de Balvanera –hoy es la entrada principal de la iglesia de San Francisco- perdió todas sus estatuas y sus bajorrelieves. El destino del convento de San Francisco dice mucho del anticlericalismo reinante en las esferas del poder. Pero no salmente expresa un rechazo al clero, también materializa el desprecio hacia una herencia histórica y la negación de una presencia monumental. ¿De qué espantoso pasado guardaban memoria esas ruinas?” (84-86)
“La verdad es que el clero católico había cavado más de una vez su propia tumba, vendiendo o destruyendo retablos y decoraciones barrocas para sustituirlas por altares neoclásicos que, pocos años después, la aplicación de las Leyes de Reforma eliminaría despiadadamente. Curas, propietarios, especuladores, burócratas, y administradores sumaron esfuerzos para desfigurar, saquear o desaparecer los restos del pasado colonial.” (89)
“Hacia 1844, el público mexicano abuchea el Don Giovanni de Mozart, rechazando con ello todo lo que evoque el arte barroco y el siglo anterior”. 91
“En 1823, pretenden exhumar la osamenta de Cortés, sepultado en la iglesia del Hospital de Jesús, y quemarla en la hoguera de San Lázaro, ahí donde, durante varios siglos, se quemaba a los sodomitas.” 95
“La etapa de la Ilustración preludia el frenesí de demoliciones que se apoderó de la ciudad liberal en 1861 […] Se adivina el inicio de una laicización de la decoración, análoga a la secularización de las ciencias y las artes, arrastradas por un gusto nuevo que prefiere la sobriedad neoclásica a la exuberancia barroca […] Los monumentos erigidos para las fiestas reales de 1789 –arcos de triunfo, andamios o tablados de palacio- no buscaban ni exaltar la ciudad contemporánea ni la del pasado. Volcados hacia el futuro, estos monumentos multiplicaron las muestras de arquitectura neoclásica […] las fachadas que se consideraban anticuadas se disimulan bajo mantas y cartones…” 109
A finales del XVIII, nace una conciencia arqueológica del pasado prehispánico en las nacientes clases burguesas y en los ámbitos ilustrados de la nobleza. Los ídolos que se encuentran ya no destruyen sino que se toman medidas para asegurar su conservación. 116
“Los sabios de la Nueva España emprendieron la rehabilitación de los templos anteriores a la conquista española, sin presentir que sería el conjunto del periodo colonial lo que terminaría devorado bajo el recuerdo exaltado de la ciudad mexica. A finales del siglo XVIII, la herencia del pasado barroco molestaba más y más a los espíritus ilustrados.” 117
Por su parte, “las grandes familias de la nobleza criolla, apegadas a su patria americana, cultivan un tipo de vida, un gusto y un estilo más mexicano que europeo, donde el barroco prevalece aún sobre las veleidades clasicistas”. 131
“A juzgar por la multiplicación de las comunidades y la proliferación de sectores marginales, el dominio de las elites parece muy precario. Aún más cuando la prodigalidad de la caridad barroca mantiene a un populacho de ociosos y vagabundos: a finales del siglo XVII, tan sólo el arzobispo de la ciudad de México distribuía más de cien mil pesos al año, es decir, mucho más que las rentas de su diócesis. A las amenazas del cielo, presto a castigar los pecados de la nueva Babilonia, se sumaba el miedo a los esclavos, a los mulatos y a las masas de pordioseros; más inquietante aún era la obsesión de un complot que agruparía a todas las clases miserables, sin importar su origen”. 389
[Hacia finales del siglo XVIII]: “La restricción de las manifestaciones religiosas sobre la vía pública, la prohibición de abrir pulquerías, la reglamentación de los negocios, y la expulsión de vendedores callejeros, así como de los peatones andrajientos, tenían el mismo objetivo: hacer de la traza la ciudad de los privilegiados. Los signos de esta política se multiplicaban. Rondas efectuadas en los paseos de la Alameda y Bucareli alejaban a los indigentes y a los descalzos; en el barrio de la alcaicería, al oeste de la gran plaza, una vivienda privilegiada y grandes tiendas reemplazaban a un entrelazado de pequeños talleres donde se despachaban productos artesanales. La plaza mayor y sus alrededores estaban destinados a convertirse en un espacio reservado a los grandes comerciantes; en esta área habría más vigilancia y el valor del terreno aumentaría considerablemente.” 433-434
[siglo XIX]: “El desmantelamiento de la ciudad barroca no fue solamente fruto de un anticlericalismo militante y de un desprecio por la formas antiguas. Este proceso se convirtió también en un fructuoso negocio inmobiliario, llevado a cabo como parte de la apropiación sistemática del suelo urbano. La modernidad en todas sus formas minaba la ciudad barroca”. 469

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