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Francesco Carletti, Razonamientos de mi viaje alrededor del mundo. 1594-1606, UNAM, México, 1976

“Además de que en todas aquellas Indias Occidentales, hay esta ventura de que no se encuentran asesinos ni gente que robe en el camino, ni tampoco en las casas, y se puede ir de un lugar a otro con la plata y el oro, como se dice, en mano, sin llevar armas de ninguna clase para defenderlos, ya que ni siquiera los indios las llevan, no siendo dados a esto; […] y los españoles no se dan a esta infamia de robar, es más, aquellos que en España han sido conocidos como maleantes, se ha observado que al llegar a las Indias han mudado totalmente de condición y se han hecho allí virtuosos y han tratado de vivir civilmente, como acontece a menudo que quien muda cielo, muda, además de la fortuna, también la condición de la naturaleza, creo yo, por la fuerza de las estrellas”. 39

“Del cual puerto de Acapulco partimos y fuimos por tierra con nuestra plata hacia la ciudad de México. Por el camino pasamos un río que se puede nombrar entre los grandes; […] y puesto que no hay comodidad ni de puentes ni de barcas para pasarlo, nos fue menester, tal cómo hacen los demás, ponernos encima de un montón de calabazas grandes y secas atadas a una rejilla de cañas puesta sobre ellas, sobre la cual se pone la silla del caballo, que se hace pasar a nado, y sobre la silla se sienta uno, y luego cuatro de aquellos indios, uno por esquina de la dicha rejilla con las calabazas, nadando la empujan y conducen a la otra orilla del río, rompiendo la corriente del agua. Cosa no menos peligrosa que aburrida, y máxime por las mercancías que se pasan cada año en tan gran cantidad y valor; y con todo no se pone remedio a ello, y pasa también con la misma dificultad y peligro el virrey, cuando va desde México para embarcarse en el dicho puerto de Acapulco para pasar al gobierno del Perú.” 66

“Junto a la ciudad de México hay otra muy grande que hoy llaman de Santiago [Tlatelolco], habitada toda por indios, que en ese tiempo decían que eran alrededor de veinte o veinticinco mil, que en aquel país van en gran disminución, y en la época en que yo estaba allí morían muchos de cierto accidente, que al salirles la sangre por la nariz, después de haber estado algo enfermos, caían muertos; desgracia que solamente les tocaba a ellos, y no a los españoles, los cuales, por el mal trato que les dan, son también causa de que se acaben. Yo vi por el camino, al venir de Acapulco, que se servían de ellos hasta para llevar sus cosas, cargándolos como a bestias; y cuando llegaban a algún poblado o castillo o aldea, de los cuales se encuentran muchos por todo el camino, pero la mayor parte desiertos de habitantes, querían ser servidos y administrados, tal como están obligados por orden y disposición de la justicia de aquel país, en el cual no encontrándose hosterías, está dispuesta en cada lugar en que hay poblaciones de indios una casa libre y vacía de toda cosa, que sirve sólo para alojar y hospedar a los viandantes, la cual casa llaman de comunidad, en donde no hay persona alguna; y al llegar algún viajero, llaman a aquel indio que es superior en aquel pueblo, llamado por ellos el topile, quien con mucha presteza y sumisión se presenta y hace puntualmente lo que se le ordena, es decir, que traiga de comer para los hombres y para sus cabalgaduras, lo que él con mucha diligencia, asustado por las amenazas de los españoles, procura que se haga, ordenando entre sus indios a quién una cosa y a quién otra, o sea tú, o tal, llevarás el pan, y tú el vino, y tú la carne, y tú la paja, y tú el pienso, y así el resto de modo que de súbito todo esté puesto en orden y se presenta en la casa de comunidad; luego al hacer las cuentas muy a menudo, en vez de darles el dinero en pago, se les dicen malas palabras y peores hechos. Así por este y otros inhumanos tratos permite Dios su fin, y se cree de cierto que dentro de poco tiempo se extinguirán del todo, tal como ha ocurrido en las isla de Santo Domingo y en otras, que estaban tan pobladas en la época en que fueron descubiertas con Colón, y ahora han quedado desiertas y sin habitantes”. 70

“… porque el rey no consiente ni quiere que se cultive la tierra, que sería adecuada para que se hiciera, y en donde crecerían vides y olivos tan bien como en nuestros países, porque quiere que allí vaya de España el vino y el aceite, los cuales dan a sus aduanas y a sus vasallos un tesoro infinito, que obtienen como beneficio de él de aquel país”. 72

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