Manage your Blog

Create your blog now! Easy and Free

¿Por qué los pueblos con más de 20 o 30 siglos de historia exigen a una nación como México (a la que curiosamente sólo se le otorgan cinco siglos) o como otras naciones americanas (o africanas) que sean modernas, que respondan rápida y certeramente a los problemas y las cuestiones sociales y culturales del mundo moderno… y aún más a los propios problemas surgidos de una cultura que, sí, sólo tiene 500 años de rodaje?

Bonfill Batalla en México Profundo, apunta eso, que se trata de una nación joven que debe encontrar sus propias preguntas y respuestas, y dejar de lado las preguntas y respuestas impuestas desde sociedades y culturas ya bien armadas.

Es sorprendente observar el interés constante en defender un determinado espíritu mexicano: sólo por poner algunos eslabones conocidos de la línea: Ramos (infantilidad e inferioridad: el querer y no poder), Paz (la soledad del incomprendido), Bartra (la melancolía)… todo ello no es más que un discurso de clase, que nomina al ser mexicano en sus términos más despectivos: pachuco, pelado, agachado, etc. Una clase blanca que impone sus preguntas (en parte injustas, porque son de clase) y sus respuestas (globalizadoras y justificadoras):

Samuel Ramos, El perfil del hombre y la cultura en México, 1934
Octavio Paz, El laberinto de la soledad, 1950
Roger Bartra, La jaula de la melancolía, 1984

Bartra dice que la melancolía del mexicano lo sitúa en el espectro histórico global de la melancolía… esto es, dentro del aparato de la modernidad definida por Europa. Sin embargo, no cita a Benjamin, a Schlegel, ni siquiera al Barroco, con su enorme dimensión respecto al tema. Tampoco se da cuenta de la especificidad de la supuesta existencia de una dimensión melancólica en el espíritu individual mexicano. Tampoco establece la radical diferencia entre melancolía y nostalgia, fundamental para entender un proyecto optimista de una pesimista.

Los indios no se andan preguntando qué son, ni los comerciantes mestizos, ni los taxistas… se trata de una reflexión de la clase media intelectual. La intelectualidad mexicana blanca del siglo XX se siente vacía, impotente frente a la modernidad. Se siente inferior, sola y melancólica.

¿En qué país se pueden ver semejante cantidad de libros dedicados a la identidad? La identidad, ¿le interesa al mexicano o solo a los intelectuales? ¿No se trata más bien de la identidad del intelectual? ¿Por qué los escritores, artistas, curadores, cineastas buscan con tanto denuedo y afán su legitimación internacional? ¿No será que lo que mejor se vende de México es la discusión turistizada de la identidad? ¿Por qué toda la discursión acaba definiendo al indio como inferior, solitario y melancólico, y por lo tanto digno de enaltecerse?

¿Qué tipo de antropología y sociología se practica en México? Es que no se han enterado que la vida de la gente se constituye de usos y prácticas cotidianas que se van modelando gracias a una constante negociación con el entorno? ¿Cómo se puede sostener la búsqueda de una supuesta esencia del mexicano ante la mera vista de lo que ocurre en las calles? Dejen de agarrar sus carros y métanse en los metros y peseros. Dénse un baño de pueblo. Porque donde algunos ven pelaos, pachucos y agachados, otros muchos ven gente chambeando.

Porque la gente en México se inventa a sí misma cada día. Y es quizás por eso que los intelectuales, en su afán de inventarse de una vez por todas, buscan esforzadamente inventar a los demás, quienes desde luego, viven completamente ajenos a los “eurekas” proferidos desde la UNAM y desde las tribunas escrituriales. Por eso ven pachucos donde hay gente inventándose la chamba, gente sobreviviendo ante la ausencia de sistema; o mejor, ante la fenomenal presencia de un simulacro de sistema.

Un taxista de Oaxaca, que había trabajado en los Estados Unidos, comentaba lo siguiente: “Verán, allí no hay nada mágico, ni milagroso, como aquí tampoco hay nada del otro mundo. Simplemente allí uno va a lo que va. Se cumplen las ocho horas… y te pagan religiosamente, sin pendejadas. Buscan lo práctico, lo mismo que todos lo queremos acá. El problema es que acá, pues ya sabe… un tantito de trabajar, un poco de cotorreo, un toque de mota… La raza aquí quiere lo mismo que allí… entonces, ¿dónde está el problema?”. ¿Hay aquí alguna noción de esencialidad, de diferencia fundamental entre sociedades, de choque de culturas, de abismos civilizatorios?

Porque donde ustedes ven melancólicos por todas partes, sólo se vé gente somnolienta con los párpados semicerrados que se levanta muy pronto para ir a trabajar, porque los trayectos urbanos son enormes. Cuando llaman solitarios a los mexicanos del DF, ¿han ido alguna vez a Alemania o a los Estados Unidos, y se han percatado del absoluto anonimato y soledad en los que muchas gentes pululan? O digámoslo por activa, ¿han entrado en los mercadillos alrededor del Zócalo y se han dado cuenta del enorme nivel de sociabilidad que hay entre las gentes que trabajan en ellos? Y cuando, desde las ventanillas de sus carros, ven caras de pachucos con “graves conflictos de inferioridad” en los autobuses, ¿no parecen darse cuenta de que les miran porque se dicen a sí mismos: ¡qué rápido llega ese guey a casa!?

Solucionen las circunstancias, el escenario, y verán cómo la esencia de lo mexicano les hará reir. Por ejemplo, arreglen el problema de la corrupción, suban el sueldo a los policias, hagan verdaderamente laica la escuela pública, arreglen las carreteras y verán como la cuestión de la mexicanidad se reduce a la celebración de la victoria del equipo mexicano en el mundial de futbol y a la consideración de la ranchera, pues como algo propio de México, lo mismo que la hamburguesa es propia de los gringos. La mexicanidad se convertirá en algo diario, una práctica cotidiana, en un quehacer colectivo no escrito en mayúsculas. Porque lo esencial se ha construido obviando las circunstancias en las que las gentes operan sus vidas. Circunstancias, como la corrupción por volver al ejemplo, que en nada son esenciales tampoco, sino fruto del constante “hablar” entre los actores que la activan. Y de tanto hablar, se hacen endémicas, pero nunca perennes: ¿dónde se ha visto que una actitud social sea perenne?

Y por seguir con el dichoso ejemplo de la corrupción, tan caro en el debate y la realidad mexicanas. Muchos pueden pensar que estas líneas son demagógicas, porque están convencidos de que la corrupción es un efecto del “ser” mexicano. Señores intelectuales, ¿han pensado alguna vez que la corrupción no es más que el lógico resultado del quehacer de las gentes ante la nulidad del sistema? ¿que se trata de la forma social más habitual entre los pueblos que carecen de colchón político de abrir camino, de saltarse los pantanosos vericuetos de una institucionalidad simulada, de hacer simple lo que de otra manera sería imposible? Pero la corrupción no es igual en todas partes. Desde luego que no. En México, la mordida y el tráfico de influencias tiene que ver con la adopción de un régimen comercial de las relaciones sociales ante la falta de régimen político. Todo se negocia, todo se vende y todo se compra. Absolutamente todo; entonces, ¿de que esencialidad estamos hablando?

Veámoslo desde un punto de vista europeo. El motor de las sociedades o grupos que funcionan con el secreto es el juramento de fidelidad al otro, que al mismo tiempo es un juramento de mantener el secreto. Este juramento altera radicalmente las relaciones sociales: crea una intensa relación de fidelidad y al mismo tiempo una radical y amenazadora relación con el otro. Desde el momento en que uno jura compartir un secreto se convierte en alguien capaz de traicionarlo. La traición sólo existe en la medida en que alguien de "dentro" desvela los mecanismos. Porque la traición es la traición de un secreto y la corrupción es habitualmente secreta, cesando su existencia cuando se muestra públicamente. Pues bien, en México está claro que la cosa no funciona así. Porque la corrupción no es algo secreto, sino que es una fórmula pública tan extendida como cualquier otra en el diario hacer y deshacer de la nación y de sus gentes. El ejemplo más evidente es que nadie dimite de sus cargos al encontrársele flagrantemente corrupto ni nadie se rasga las vestiduras a no ser que se quiera utilizar la corrupción del “otro” como arma arrojadiza para desviar la atención sobre la de “uno”. Si la corrupción no es secreta, entonces no hay secretos con los que negociar, sino, a lo mucho, se trata de una cuestión de mantenimiento de formas. Con el uso intensivo de este mecanismo formal, aceptado por la mayoría de la gente, la corrupción deja de ser una relación de poder para pasar a conformarse como una delicada y sutil forma de sistema. O para ir al grano, el sistema mismo. Así pues, ¿deberíamos seguir llamándolo corrupción o tendríamos que aceptar que nos encontramos simplemente ante el sistema mismo, sin más?

Por el mero hecho de que casi todos nosotros no estamos dispuestos a llegar a tal absurdidad, se deduce que tampoco aceptamos que la corrupción sea esencial al mexicano, ergo, queremos y podemos cambiar la situación, ya que si ésta sí es endémica, siempre estamos a tiempo de negociarla. La corrupción, pues, no es algo propio del mexicano, sino que es un tipo de negociación que puede sustituirse por otra más util a la gente. No se trata de bondades ni éticas, sino de ser prácticos, que de eso se trata la vida social de los pueblos.

Es de dificil comprensión, por tanto, ver a muchos intelectuales mexicanos, todos y sin excepción de clase media alta (como en todas partes, desde luego, aquí tampoco hay nada esencialmente mexicano), juzgar los comportamientos de la clase trabajadora o de las clases directamente excluidas con el argumento de que van a contrapelo de lo que les “conviene”, como si la gente fuera estúpida, como si ni fuera no fuera práctica con lo que tiene a mano y amara el suicidio. El derecho de esta clase acomodada de hablar y opinar de las castas inferiores, incluso el de patalear sobre las mismas, ciertamente es suyo y legítimo, pero erigirse en jueces sobre sus complejísimos sistemas de negociación vital en una sociedad tan dinámica como la mexicana, es un patético ejercicio de sordera y de anquilosamiento social. Quizás deberían replantearse sus maximalistas discursos y dedicarse a estudiarse a sí mismos antropológicamente; esto es, a situar sus propios debates de clase en el toma y daca natural de las negociaciones diarias. Pero hay algo más. En todas partes del país se oye la frase “la clase media está desapareciendo”. Si ello fuera así, que no lo es en absoluto (porque, ¿quién tiene la prerrogativa de llamarse clase media cuando siempre hay alguien al lado que es más pobre que uno?), entonces quizás habría que preguntarse hasta qué punto los intelectuales que se erigen como auténticos estandartes de la verdadera clase media moderna no llenan las librerías de analíticos estudios sobre la mexicanidad simplemente como un acto de autoafirmación excluyente, porque saben que fuera de sus castillos nadie ha descubierto aún que el mexicano tenga problemas “porque sí”, sea inferior, solitario o melancólico porque está escrito en el libro de los tiempos.

tipo-duerme-en-metro.JPG

No Comments »

Post a Comment


<a href> <em> <blockquote> <strong> <cite> <code> <ul> <li> <dl> <dt> <dd>