El año de 1521 parece ser el de Carlos V, haciendo patente la constatación de un proyecto político renacentista, que sometido a enormes tensiones culturales y sociales, adopta nuevos objetivos, que devendrán barrocos.
En 1521, el católico emperador se hace traer a Lutero a la ciudad alemana de Wurms, y allí constatará que el modelo de Maquiavelo que él tan bien representa no va a ser facil de aplicar en una nueva Europa dividida, a las puertas de una guerra inacabable y con un enemigo decidido. Lutero, ante las exigencias para que se retracte, responde: “No quiero ni puedo, porque es penoso y peligroso ir contra la conciencia”. La contrarreforma será la respuesta católica al individualismo protestante.
En 1521, en nombre de Carlos V, Hernán Cortés y unos pocos centenares de hombres, caballos y cañones, conquistan Tenochtitlan, la capital del imperio azteca, una de las ciudades más grandes y pobladas del mundo en aquellos días. Cortés sueña con entregar intacta aquella impresionante joya urbana al emperador. Pero lo único que podrá narrarle es su destrucción. Conquistadores y misioneros descubrirán, que de entre aquellas ruinas, sí será posible fundar la arcadia europea, en pos del sueño de la gran “ciudad de Dios”: un espacio en donde el proceso maquiavélico de la amalgama (de almas y de oro) pueda desplegarse sin barreras.
En 1521, en Villalar, Valladolid, las tropas imperiales derrotan definitivamente a los comuneros, la última manifestación (en absoluto incipiente) de una larga práctica de democracia popular en los pueblos de Castilla y de otros lugares de la península. Las posibilidades de crear un sistema plurinacional y participativo (mucho antes que en Inglaterra, los Estados Unidos o Francia) quedan arrasadas a favor de una monarquía imperialista y absolutista.

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