Gruzinski sobre México (extractos) II
siroco — 2007-03-28 GTM 1 @ 18:13Serge Gruzinski, La guerra de las imágenes. De Cristobal Colón a “Blade Runner” (1492-2019), Fondo de Cultura Económica, México, 1994 (París, 1990)
“Pese a su proliferación de aspecto “politeísta” y sin duda por razón misma de esta proliferación entre las manos de la Iglesia, las imágenes barrocas articulan de hecho una vasta empresa de circunscripción y de captura de lo sagrado. En la medida en que el adversario de ayer –el gran ídolo demoníaco de la Conquista- ya no existe, sirven en adelante a una operación sistemática de delimitación y de clasificación de una realidad, que opone a lo divino concentrado en la imagen-reliquia, la aparición o la visión edificante, los horizontes tristes y pobres, aberrantes y desacralizados de lo profano y la superstición. Para esas máquinas de guerra instaladas por doquier, el objetivo que deben abatir ya no es la idolatría de las estatuas y de los templos sino, antes bien, el mundo informe de las cosas insignificantes, perecederas, por turnos perdidas y recuperadas, a las que se aferran los jirones del mundo antiguo: “El frasco, el paquete, el montón seco, el deshecho adornado, el cordelillo que une unos restos en apariencia inútiles; en suma, ‘cualquier cosa’” [Remo Guideri]. La imagen pretende polarizar sobre sí misma una espera y una creencia, un imaginario que los indios continúan, a lo largo de todo el siglo XVII, repartiendo entre los signos del cristianismo, los ríos y los montes, los idolillos que forman, los paquetes sagrados que disimulan en sus hogares, amalgama de plantas, estatuillas, restos a menudo informes que, sin embargo, nadie se atreve a tocar o a destruir”. 144
“Una sociedad, hemos de recordarlo, en que el poder, a falta de ejército y de adversario en las fronteras contra el cual tocar a rebato, dispone de pocos medios de movilización o intervención”. 145
“La imagen barroca adopta una función unificadora en un mundo cada vez más mestizo que mezcla las posesiones y las escenificaciones oficiales con la gama inagotable de sus diversiones, las danzas indígenas con los “bailes de monstruos y máscaras con diferentes trajes, como se acostumbra en España””. 146
“Ya sea San Felipe Neri cubierto con una casulla cuajada de pedrería, San Francisco Javier inclinado bajo cientos de joyas que valen doscientos mil pesos o las telas esplendentes de topacios y diamantes pintados, la imagen barroca es la imagen de la riqueza: “¿No sé de dónde sacó mi Ama y Señora casi cien mil pesos, ya consumidos en alhajas y adorno del Santuario? Yo no sé por dónde han venido tantos diamantes y preciosíssimas piedras.” Para el sacerdote del santuario de la Virgen de Ocotlán, la prosperidad del lugar hace resaltar más la pobreza y la decadencia de la región de Tlaxcala, en pleno siglo XVIII. Y es que la imagen de Ocotlán, como las de los grandes santuarios, es el centro de un consumo incesante, “exorbitante”: la cera que arde, las perlas, las piedras y los metales preciosos, pero también las misas que se pagan, el canto y la música que consumen las limosnas y los donativos. Por doquier, la imagen del tesoro: “¡Ah! Si el mundo supiera lo que Dios atesora en ese simulacro”.” 146 (frase última de Loayzaga, 1750)
“El mundo novohispano pasa por ser el de las fortunas rápidas, vertiginosas, el de la ostentación y el gasto cuyos frutos recogen, en masa, los santuarios y las imágenes.”. 146
“Un consumo que permite, suscita y multiplica la intervención del grupo y del espectador sobre la imagen, rompiendo lo que, de otro modo, podría no ser más que una pasividad estática.” 147
“La rareza de las intervenciones de la Inquisición [en México] revela la amplitud del consenso que suscitan el culto de las imágenes y las imágenes milagrosas. Paradójicamente parece que el verdadero peligro procede de la Iglesia misma, si se reconoce que al encerrar sus imágenes en una esfera religiosa y sacra, separada del mundo cotidiano y de sus rutinas, contribuye involuntariamente a reducir poco a poco su imperio y su presencia. Al defender cada vez más obstinadamente esa separación de lo imaginario, la Iglesia y la Inquisición evolucionan a contracorriente de una sociedad colonial que vive inmersa en la imagen, la proliferación de lo híbrido y de lo sincrético, los mestizajes de cuerpos, de pensamientos y de culturas.” 158
“Lo imaginario barroco no puede limitarse a la consagración de los prodigios efectuados, las visiones extraordinarias y los efectos admirables sin riesgo de reducir la cultura barroca a las dimensiones fugaces de un ensueño. Y no sólo porque lo imaginario pone en juego, a través de las expectativas y los puntos de referencia que lo organizan, a individuos, grupos, sociedades e instituciones, sino también porque trasciende y confunde las fronteras que acostumbramos asignar a la realidad y a la alucinación”. 159
“En el decenio de 1680, en Tarímbaro (Michoacán)… las imágenes se animan, los santos descienden de los retablos y hablan a los humanos. Una española, Petrona Rangel, vive con sus hermanas en un medio indígena donde se han mezclado blancos, mestizos y mulatos. Hace absorber a sus clientes “rosa de Santa Rosa” –peyotl- y les anuncia que verán “cómo Santa Rosa saldrá del cuadrito que tiene sobre su altar y, que les hablará y los curará”. El caso es trivial en el México barroco. Apenas merece que la Inquisición se ocupe de él”. 167
“La sociedad mexicana resulta ser una sociedad mucho más profundamente alucinada que la Italia barroca […] pero lleva en su seno una alucinación que, como en Italia, es menos el producto de una alimentación pobre y deficiente que la suma de una miríada de experiencias cotidianamente reiteradas bajo la dirección de los curanderos y de los brujos. Paralelo al imperio irresistible de la imagen religiosa, he aquí, pues, el universo apenas clandestino de los miles de visionarios que une el alucinógeno en un consenso tan fuerte, sin duda, como el que produce la religiosidad barroca.” 168
“En 1761 se desarrolló, al pie del volcán Popocatépetl, un movimiento milenarista que conjugó, en un conjunto de una complejidad extrema, la herencia india y los elementos cristianos. Bajo la dirección de un indio, Antonio Pérez, el movimiento atacó a la Iglesia, a los sacerdotes, a las imágenes: “Las imágenes que hacían los pintores eran falsas” […] El falso, el impostor, el diablo, es el español. […] “Sacaban a bailar a un niño de bulto que tenía cara de perro y la de diablo y en que daban a adorar a la Virgen que tenían por ídolo”. 194
“El Imaginario barroco aprovechaba el poder federador de la imagen, su polisemia que toleraba lo híbrido y lo inconfesable. Este imaginario se apoyaba en las convivencias que multiplicaba entre los fieles, o sea su público […] Era un imaginario al que atravesaban cortejos de imágenes prodigiosas, importadas de Europa o milagrosamente descubiertas, copiadas y reiventadas por los indios, caídas del cielo, hechas pedazos y “renovadas”. Y como la mayor parte de los grupos, hasta los más marginales, participaban en mayor o menor medida en este imaginario, la sociedad barroca logró absorber o contener todas las disidencias, a todos los hechiceros, chamanes sincréticos, iluminados, visionarios, milenaristas, e inventores de cultos que duplicaban por doquier el escenario guadalupano, con menos éxito y menos medios pero con la misma obstinación.” 197-198
“La longevidad de la sensibilidad barroca no es más que una de las múltiples consecuencias de la derrota de los Borbones y el triunfo de los movimientos de Independencia. Traída del exterior, impuesta sin miramientos, la política ilustrada expiró al estallar el imperio español a comienzos del siglo XIX. En Europa, la ocupación de España por las tropas francesas, en América los movimientos de resistencia a la dominación colonial interrumpieron el experimento cuyas bases había echado Carlos III.” 205
La guerra de Independencia mexicana: ambos bandos se colocaron bajo la protección de la virgen: los insurgentes bajo la Guadalupe, los realistas, bajo la Virgen de los Remedios.
“En el decenio de 1790 las poblaciones de Toscana y de la Italia meridional se levantaron contra las reformas leopoldinas al grito de “¡Viva María!””. 205
“Después del breve reinado de Maximiliano, se distendieron los nexos entre la Guadalupana y el poder político. La imagen pagó los costos de una situación irreversible: el Estado mexicano se separó de la Iglesia católica. Las Leyes de Reforma que ratificaron la ruptura quedaron inscritas en la Constitución de 1873. Los bienes de las comunidades y de las cofradías que mantenían el culto de las imágenes fueron oficialmente suprimidos y con ellos se hundió una gran parte de la infrastructura material que aseguraba su existencia.
Pese a la separación y a esas medidas que, según muchos, no hacían más que desarrollar la política ilustrada de los últimos Borbones, los grandes santuarios no se vaciaron. Hasta conservaron el favor discreto del poder. En 1859, Juárez retuvo entre el número de las fiestas nacionales la de la Guadalupana y eximió de la nacionalización de los bienes de la Iglesia a las riquezas de la Basílica, así como al donativo reservado al capellán del santuario de los Remedios.” 206 (comparar la desamortización de Mendizabal)
“El entusiasmo romántico había desplazado al desprecio de las Luces, y todos parecían convencidos ahora de que la herencia barroca de sus devociones populares y sus imágenes levantaba la mejor muralla contra el ateísmo, en particular contra el que producían las ciudades.” 208
“El culto a la Virgen mexicana es el único víncule que los une”. Altamirano, Textos Costumbristas, ed. de 1986
“Una de las primeras observaciones que les hice fue la de que debíamos liquidar la época del cuadro de salón, para restablecer la pintura mural y el lienzo en grande […] El verdadero artista debe trabajar para el arte y la religión, y la religión moderna, el moderno fetiche es el Estado socialista, organizado para el bien común. […] Mi estética pictórica se reduce a dos términos: velocidad y superficie, es decir que pinten pronto y llenen muchos muros”. Ministro de Educación Pública, Vasconcelos, dirigiéndose a los artistas mexicanos a principios de los años 20. En Raquel Tibol, José Clemente Orozco. Una vida para el arte, Secretaría de Educación Pública, México, 1984, 68-69
Orozco (1947): “una corriente de propaganda revolucionaria y socialista en la que sigue apareciendo, con curiosa persistencia, la iconografía cristiana con sus interminables mártires; persecuciones, milagros, profetas, santos-padres, evangelistas, sumos pontífices; juicio final, infierno y cielo, justos y pecadores, herejes, cismáticos, triunfo de la Iglesia…” Ibid, 188
“Las nuevas liturgias laicas no parecen haber tenido el impacto decisivo de las grandes liturgias barrocas; sin duda, les ha faltado tiempo, así como la fascinación ejercida por la ‘imagen religiosa’”. 211

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