sentido comercial II
siroco — 2007-04-01 GTM 1 @ 11:14Iglesia del Carmen, ciudad de Oaxaca
Iglesia del Carmen, ciudad de Oaxaca
Un nuevo ejemplo de la confusión creada por el barroco: una exposición que, apelando al orígen de los aztecas, acaba hablando de santos, cirios y pan de oro. La tesis no es es nueva: para superar la paradoja identitaria mexicana, nada mejor que decir que antes de la llegada de los españoles, México ya era barroco.
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"Aztlán es el nombre del paraíso azteca, que tradicionalmente se situó en los territorios que hoy corresponden al sureste y más o menos al centro de Estados Unidos, y que hace tiempo fueron parte de México. Es un concepto que simboliza el vínculo que mantienen los chicanos (ciudadanos de orígen mexicano que viven en EE UU) con sus raíces culturales. Nueve de los artistas chicanos contemporáneos más destacados presentan su obra desde este jueves en la Casa Encendida, en la muestra Pintores de Aztlán. Los nueve están "unidos en la búsqueda de dignidad, identidad y unidad de latinos en EE UU", ha señalado el artista Chaz Bojórquez, que empezó estampando grafitis en las calles de Los Ángeles y que ha acabado estudiando con maestros de la caligrafía china.
Los artistas son Frank Romero, Carlos Almaraz, Wayne Healy, John Valadez, Adán Hernández, Patssi Valdez, George Yepes y David Flury, además de Bojórquez, y en torno a ellos se celebra un programa de actividades ?conciertos, vídeos y cine documental? para enseñar la cultura chicana. "Una cultura que los españoles conocemos poco, pese a ser tan nuestra", afirmó Mireia Sentís, comisaria de la exposición.
Además de artista, Healy es ingeniero aeronáutico y expresa con fuerte colorido la alegría en los hogares chicanos, su desorden o sus grandes desayunos en la cama. Yepes, por ejemplo, pinta vírgenes que no lo son y mezcla la pintura barroca española con mucho oro, y cada uno experimenta Norteamérica a su manera.
Los chicanos nacieron tras el tratado Guadalupe Hidalgo, que en 1848 cambió la frontera de México al ceder a EE UU gran parte de su territorio, y desde los primeros sesenta del siglo XX se unieron para reivindicar su cultura tal como habían hecho antes los afroamericanos. "La cultura chicana se nutría de los muralistas mexicanos, pero también del expresionismo abstracto de EE UU", ha subrayado Sentís"
El País, 31-3-07
“Desearía que el protestantismo se mexicanizara conquistando a los indios: éstos necesitan una religión que los obligue a leer y no los obligue a gastar sus ahorros en cirios para santos”. Benito Juárez
Enrique Krauze, La presencia del pasado. La huella indígena, mestiza y española de México, Tusquets, Barcelona, 2005, p.146
“No se por qué esto del barroco en llamas me recuerda siempre a las discotecas de los 70 que ardían muy bien gracias a la moqueta y el plástico duro...”
Fito Rodríguez
Relato de Juan del Campo de lo sucedido el 18 de julio de 1936 en Sevilla:
“Se habló de las iglesias y alguien, de nuevo, las señala. La de San Roque preside la plaza que acoge la turbamulta. El aire fresco que anuncia la noche provoca que todas las miradas se dirijan al edificio. Se trata del comienzo de una revolución, de ganarles la batalla, y por algún sitio hay que empezar. En los balcones que se asoman a la plaza aparecen vecinos que saludan, puño en alto, a la masa cada vez más inquieta. Una bulla se desplaza por la plaza como si de un organismo vivo se tratara. Un muchacho, alto y grueso, golpea la puerta y no parece descerrajarla. Se abre el portón y con la iglesia abierta, un río humano la penetra. Al abrigo del templo corre una brisa fresca y hace menos calor. Las caras se alivian, se ven las primeras sonrisas y el asombro ante la propia fuerza. Los tiros que llegaban del centro de la ciudad se han apagado. Se intuye el peligro pero sabiendo que todavía no está cerca. El cielo está rojo y prece anunciar una noche negra. Un vecino arranca una enorme cruz y corriendo se dirige a salir por la puerta. Se planta en medio de la calle y ve que le han seguido otros, con hachones y velas. De un comercio asaltado en la calle Matahacas se han traido morcillas y chorizos, jamones, morcones, salchichas, tocinos, todo tipo de fiambres y aguardientes y vino. Las aceras se ponen de fiesta. En el interior del templo la actividad tumultuosa prosigue. Se arrancan del techo cortinas, banderas y estandartes caen desde las paredes y en el centro de la plaza se improvisa una hoguera. La algarabía de los asistentes es máxima. Cada vez que un grupo sale portando vestiduras, candelabros, casullas, ostensorios, copones, canastillas, incensarios, capirotes o cirios se les vitorea y aplaude. Algunos vecinos han tendido en sus balcones sábanas y banderas. Los hermanos Badía, un trío de músicos populares en el barrio, se encaraman en lo alto de una azotea. Cuando una cuadrilla saca a rempujones la figura de un Crucificado en bandera, se arranca el trío con el “Cañí”, famoso pasodoble que la multitud de la plaza aplaude y corea. El Cristo de San Agustín, que pudo haber sido estandarte del movimiento obrero, sujeto de rogativas y súplicas diversas, convertido ahora en antorcha con la que encender la candela. La hoguera, alimentada con todo tipo de enseres, cada vez es más grande y se multiplica. Con chorreones de aguardiente se encienden rápidamente fogatas en las que corre la grasa de una improvisada parrilla. La gente celebra cada gesto que los asaltantes proclaman. La multitud continua sacando muebles, cuadros y figuras pero cuando la Virgen, Virgen de Gracia y Esperanza, cruza la puerta, los vítores son unánimes, hay aplausos, gritos de ¡guapa!, la gente se lanza sobre ella y la levantan. Los hermanos Badía atacan con una versión ligera de “La Internacional” y la masa, arrojando la imagen al fuego, canta su letra “arriba pobres de la tierra, en pie famélica legión…”, entre “vivas” a la Virgen y gritos contra los curas y la Iglesia. Se canta a la revolución, se celebra al pueblo, se aplaude la anarquía. Con el tumulto se ha llevado el fuego hasta la iglesia y arde por los cuatro costados. Luce más grandiosa que nunca, celebrando con su fulgor una noche de gloria. Toda la ciudad repite estos gestos, corren como pólvora los fuegos y se ilumina la noche de incendios. El cielo de Sevilla se enciende con once llamas iguales. Un espectáculo inimaginable para la vista aérea de la ciudad que obtiene el piloto Martínez Estévez, mientras bombardea con octavillas a la población, con un llamado de urgencia en defensa de la República”.

Pedro G. Romero, Sacer. Fugas sobre lo sagrado y la vanguardia en Sevilla, UNIA Arte y Pensamiento, Sevilla, 2004, 17-18
Felipe Alaiz, pensador anarquista y director en Sevilla del semanario ácrata Solidaridad Obrera durante aquellos años, esbozó en 1936 la relación evidente de estos actos vandálicos con la muerte de Dios -un dios que no sólo es el supremo ser metafísico sino que simboliza todos los ordenes de lo establecido, a saber, estado, capital e iglesia- . En esa mezcla de didáctismo y simplicidad que caracteriza alguno de los escritos del anarquismo, destacamos esta observación perspicaz, que no por ello resulta menos provocadora:
"El barroco es el estilo artístico que mejor se quema. Estilísticamente no pierde ninguna de sus características propias. Si en Cataluña hemos observado una concordancia entre la ruina misma y su pasado gótico flamígero, en el barroco sevillano son las mismas brasas las que se corresponden con tan magnifico estilo. Si bajo el reinado de dios los altares exultaban de oro, brillantes y especulares, retorcidos en salomónicas columnas, abrumando a la vista con su complejidad compositiva, ahora, tras su muerte y desaparición, la madera calcinada, el grafito vidrioso, la brasa apagándose, el amontonamiento de vigas y enseres con sus líneas quebradas y sus imposibles ángulos nos devuelven este estilo en todo su esplendor".
Pedro G. Romero, en http://www.fxysudoble.org/cron/humo/00.htm
Durante la revolución mexicana: “En todo el territorio constitucionalista se abrieron más oficinas de bienes intervenidos, en las cuales algunos generales descubrieron oportunidades irresistibles de hacer negocios particulares. Las fuerzas conquistadoras también desahogaron sus ansias de venganza. Empujados por su rencor contra la Iglesia –vieja animosidad anticlerical de los liberales del norte aguzada por la colaboración de los católicos, los obispos y la ACJM con Huerta-, algunos generales dieron rienda suelta a una furia especial contra los templos y los sacerdotes.”
Timothy Anna, Jan Bazant, Friedrich Katz, John Womack, Jean Meyer, Alan Knight, Peter H. Smith, Historia de México, Crítica, Barcelona, 2001 (Cambridge University Press, 1985), p.169
“Motín del hambre”, domingo 8 de junio de 1692, Ciudad de México:
“Después de un año de calamidades en que exceso de agua y plagas arruinaron las cosechas, la población enfrentaba la carestía de trigo y maíz, y luego también empezó a fallar el abastecimiento de carne. Conforme subían los precios el malestar se generalizaba; llovían las críticas sobre los funcionarios, a quienes no sólo se tachaba de imprevisores o incapaces sino de sospechosos de acaparamiento. Lo que había empezado a murmurarse se convirtió en voz pública, después del sermón que un franciscano predicó en catedral, en el que atribuyó las diligencias hechas por el virrey para traer granos a la ciudad a propósitos de lucrom personal. Ya nada de lo que dispuso el gobernante pudo frenar el descontento. A principios de junio empezó a ser notoria la falta de maíz en la alhóndiga. Conforme las filas de compradores se hacían más largas, éstos se volvían más impertinentes. La tarde del día 8, las clientas asiduas del pósito, indias tortilleras que surtían la ciudad vendiendo en la plaza y por las calles, se alborotaron de tal manera que los dos repartidores de grano, un mulato y un mestizo, trataron de contenerlas con azotes. En la zacapela una mujer resultó mal herida y muerta. Sus compañeras la recogieron y se fueron a quejar con el arzobispo. En el camino, se les unieron muchas otras. Los asistentes del prelado las despidieron, diciendo que solicitaran justicia al virrey. Éste no se encontraba en palacio y los guardias les impidieron el paso. Las que llevaban a la golpeada se retiraron a su barrio de Tepito, mientras una treintena de indios que habían acudido al oir el griterío, empezó a dar voces contra el virrey y el corregidor y a lanzar vivas al Santísimo Sacramento, a la Virgen, al rey y hasta al pulque. De los gritos pasaron a lanzar piedras contra puertas y ventanas. Los guardias salieron a rechazarlos, pero como a cada momento el número de atacantes se multiplicaba, tuvieron que replegarse y cerrar las puertas del palacio, no sin dejarcompañeros muertos en la retirada. Entonces, los agresores prendieron fuego a las puertas con los materiales combustibles que encontraron a montones en los puestos del mercado. Todos los que se sentían de algún modo agraviados por los poderosos: mulatos, mestizos, criollos y españoles pobres se unieron a los indios en la destrucción. Hacia las 6 de la tarde ardía la horca, las casas de Cabildo y los cajones de la plaza, que habían sido previamente saqueados. Como era de esperarse, también se prendió fuego a la alhóndiga. Es decir, se trataba de arrasar con los símbolos de la administración pública y del poder económico que habían lucrado a costa del infortunio popular. El incendio era espantoso y amenazaba y amenazaba con propagarse por toda la ciudad. El virrey, a quien sorprendió la asonada en el convento de San Francisco, no se atrevió a regresar a palacio. Por su parte, el arzobispo hizo un intento de salir a tratar de calmar a los rebeldes, pero la cantidad de piedras que caían de todas partes lo hizo retroceder. El tesorero de la catedral, en un alarde de osadía, salió a la plaza llevando en alto una custodia con el Santísimo, sólo escoltado por algunos clérigos y monaguillos, a tratar de detener a los incendiarios. Así logró que quienes le habían prendido fuego a la puerta principal del palacio del marqués del Valle, lo apagaran. Nadie se atrevió a agredirlo y muchos lo siguieron pidiendo misericordia. La presencia de un símbolo espiritual tan poderoso como la Eucaristía, en un momento de gran tensión emocional, consiguió que numerosos amotinados transformaran su ira en desahogo religioso. De los alaridos coléricos pasaron a las lágrimas penitentes. Ante los buenos resultados, otro sacerdote empezó a predicarles en náhuatl para que se retiraran a sus casas. Mientrastanto, los que andaban entretenidos en el saqueo comenzaron a disputarse el botín a cuchilladas. Conseguida cualquier ganancia emprendían la huida. Así, poco a poco, la plaza fue quedando libre de amotinados. A las nueve de la noche, el virrey envió un grupo de nobles de la ciudad para que reconociera los daños. Se sofocó el incendio y los muertos fueron sepultados en una fosa común en el cementerio de catedral.
Al amanecer del día siguiente, en los ennegrecidos muros de palacio se descuvrió un letrero que decía: “Este local se alquila para gallos de la tierra y gallinas de Castilla”. Sería el último alarde de los sediciosos, pues ese día empezó una severa represión. El virrey organizó milicias para el resguardo de la ciudad, se iniciaron las aprehensiones y se restituyó la horca, que de inmediato se puso a funcionar en la ejecución de quienes se hallaron culpables. El peor suplicio lo padeció un individuo calificado como “lobo amestizado”, a quien se acusó de haber quemado la horca, pues lo sentenciaron a ser quemado vivo bajo la que de nuevo se había instalado. Como escarmiento, las cabezas y manos de los ajusticiados se colgaron de las puertas de palacio y en postes junto a la horca.
Enseguida, se decretaron leyes rigurosas en prevención de otro motín, como que los indios no vivieran dentro de la traza, ni pudieran andar en la ciudad por la noche, ni se reunieran en grupos. Se limitó la venta de pulque, pues a la embriaguez se achacó la causa del tumulto.”
María del Carmen León Cázares, “A cielo abierto. La convivencia en plazas y calles”, pp. 38-42; en Historia de la vida cotidiana en México, vol. II (La ciudad barroca), Pilar Gonzalbo Aizpuru (ed), Fondo de Cultura Económica y Colegio de México, Ciudad de México, 2005