poder, alegoría y nación en el neoclasicismo hispanoamericano
Checad este artículo de Miguel Gome:
"Poder, alegoría y nación en el neoclasicismo hispanoamericano"
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Jean Nouvel, arquitecto, sobre el proyecto de construcción de un barrio en Toledo:
"La invasión de las casitas destroza el campo. Ante eso hemos propuesto explotar las dos vertientes: el bloque urbano y el entorno natural. El edificio será la ciudad, y el resto, el paisaje, quedará intacto. Levantaremos bloques en torno a una plaza pública con comercios. Habrá zonas deportivas y todo estará rodeado de olivos. No sé si será el paraíso, pero no será un gueto. Si la vivienda social está en un gueto, deja de ser social. Este proyecto es una oportunidad para construir una utopía de la modernidad. Vivir al borde puede ser hoy la ventaja: el horizonte abierto, los meandros del río, el perfil de Toledo como panorama y un tranvía. La idea es que los habitantes se sientan como en un barco en medio del mar, sólo que en medio del campo." (El País, 15-04-07)
Este comentario es enormemente revelador si realizamos una analogía algo atrevida. El Greco pintó hacia 1610 una vista de Toledo, en la que, quizás por primera vez, la pintura se ponía al servicio del urbanismo contrarreformista español. En ése óleo, El Greco convertía Toledo en la utopía de una ciudad plenamente católica, borrando toda huella musulmana y judía. De esta manera, el pintor "modernizaba" la ciudad, de manera que pudiera ser plenamente asimilada en el imaginario imperial, gracias a su plena castellanización. Toledo se convertía en "ciudad", gracias a la supresión de su memoria.
Ciertamente Nouvel no pretende lo mismo, pero sí que reestablece el paradigma de "lo moderno" como forma de sustraer Toledo a las molestias de su memoria: "el edificio será la ciudad". La ciudad como un barco (autorreferente, hermético, aislado, turístico) en medio de un mar sin características. Por razones distintas pero con el mismo objetivo, El Greco y Nouvel cierran un arco.
Un artista español, Ricardo Iglesias, ha creado un juego interactivo a partir de mexicanismos. Una nueva ocasión para reflexionar sobre lo que hay de propio en las culturas llamadas latinas.
Koinonía: máquina de palabras
de Ricardo Iglesias
La sociedades se han creado a partir de complejos rituales y consensos sociales, donde los juegos y los significados de la palabras se han producido dentro de una tradición colectiva, y a la vez, han evolucionado, enriqueciendo continuamente estas sociedades. Máquina de palabras es una experiencia interactiva que permite jugar con el significado de las palabras y la construcción de frases a partir de la utilización de términos panhispánicos (mexicanismos), donde el juego, el significado y la propia máquina son la base conceptual del proyecto.
Te invitamos a participar en este proyecto
con tu imaginación!!!!
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He aquí algunas opiniones de Bolivar Echevarría, uno de los actuales representantes de la idea de que el barroco adquirió un formato "radical" en la configuración latinoamericana, convirtiéndose en un arma frente a la cultura impuesta por Europa. El "contrabarroco" es una línea de pensamiento que viene de lejos: Lezama Lima, Carpentier, o Sarduy son algunos de sus protagonistas.
Esta es una nota de prensa sobre el asunto, aparecida en México e 2003:
"El barroco, representación de México"
Por Claudia Aguilar Ballardo
Cambio de Michoacán
5-11-03
El barroco no es sólo una corriente del arte, es -si obedecemos a la teoría de que todo arte es una teatralización de la realidad- la “puesta en escena absoluta” de una visión sobre el mundo, y lo es, porque no sólo lo representa: en él, la línea entre realidad y teatralidad se funde, por lo menos hablando de nuestra nación.
Mucho se ha dicho, lector, de las características del barroco mexicano, donde la tradición indígena toma un papel preponderante; pero quizá es poco lo que se ha dicho en relación con las causas que llevaron a tales resultados.
Sobre esto habló ayer el doctor Bolívar Echeverría, durante la conferencia magistral Barroquismo de México. Ahí, explicó que dicho estilo representa, en el escenario nacional de los siglos XVII y XVIII, “una experiencia de sobrevivencia cultural” de parte de los indígenas que, vencidos ya por el tinglado ibérico, ejercieron una suerte de “contraconquista” a través de una redefinición “desde cero” de la cultura dominante, enriqueciéndola y transformándola irremisiblemente.
Bolívar Echeverría comenzó su conferencia, que por cierto se enmarca en la IV Cátedra de Caminería Hispanoamericana Manuel Criado de Val, en Morelia, diciendo que el barroco “es el arte de la contraconquista”, en función de la recíproca afinidad que guarda con la historia cultural del país.
Ahora bien, lo cierto es que “puede ser encontrado en cualquier parte, en cualquier situación imaginable”, prosiguió. La cuestión aquí es que dichas expresiones no están distribuidas en forma indiferente, hay un trasfondo, como en la Italia y la España de los siglos XVII y XVIII, donde las formas de aquél “se gestaron en la vida social posrenacentista”.
Por otra parte, el barroco va más allá de la ornamentación. “Tiene una profunda teatralidad”, explicó, dado que su ser está subordinado al parecer; es decir, que su función práctica sólo se encuentra en relación con su función estética.
Sobre esas líneas, dijo, refiriéndose a la obra de algunos investigadores, el barroco “es la decoración absoluta”, una teatralización total que parece surgida de un mundo autónomo, y que se emancipa de lo esencial en la obra de arte: aunque no deja de ser ornamento, ni de ser una “forma parasitaria” de la matriz artística, es algo independiente de la misma. Sin anularla o destruirla, simplemente, la trasciende.
Las obras del barroco europeo, por ejemplo, producen un efecto que se impone a través de “un shock físico”: es la experiencia de lo paradójico, la crisis de la percepción; sin embargo, hay una reflexión en medio de todo esto, y es: el barroco tiene una manera especial de cumplir con la misión que la modernidad ha dado al arte: hacer una representación, una versión cognoscitiva del mundo, a través de la expresión estética.
Lo anterior -añadió- dado que aquél lo hace, pero de tal forma que “pone en duda la esencia moderna de la experiencia estético-cognoscitiva”, pues parte de que todo artista tiene ante sí la función de un hombre de teatro, que hace una “representación holística del mundo como un todo”, y esto es precisamente la expresión que se ve en el barroco.
¿Y por qué es absoluto?, se preguntó el autor de Definición de cultura (Itaca-UNAM, 2003). Para ejemplificarlo, recordó la “melancólica figura de El Quijote”, cuya vida real se funde, o más bien dicho queda relegada ante el mundo de los sueños. Esto quiere decir que hace una representación del mundo, convirtiéndolo en una versión diferente de sí mismo: le permite “invertir el estado de las cosas y plantear que la legalidad del mundo real es cuestionable”.
Barroquismos nacionales
En ese sentido, México y el barroco comparten una historia “tan vieja como la historia moderna de América”, que comienza con la llegada de la civilización ibérico-europea y que se desarrolla en el marco del mestizaje cultural.
Decía: Si el siglo XVI fue para España el periodo de la violencia absoluta (contra los recién descubiertos americanos, claro), del saqueo, de la espada y de la cruz, también fue el de un intento fallido por crear una nueva configuración social (vía la evangelización, fundamentalmente) y por ende, fue también “el siglo del fracaso”.
En México, el aniquilamiento de la población originaria, los indígenas, se dio en medio del flujo del oro y cuando éste hubo cesado, España “volvió la espalda” y la precaria América europea pareció entrar en un proceso de franco retroceso; sin embargo, surgiría una nueva historia, que comenzó a forjarse en las ciudades como principales centros dinámicos, contó.
Dado que en el campo la población indígena estaba prácticamente desaparecida, y que los círculos oficiales aún no entraban en ese proceso, refirió Echeverría, la población marginal de las ciudades fue la primera que se planteó, hacia el siglo XVII, el tema de la identidad con urgencia.
Pero fueron sobre todo los indígenas que, ya perdida la esperanza de un futuro resurgimiento, empezaron “un proceso de reconstrucción de las formas europeas. Despojaron a su identidad ancestral de un contenido concreto, y asumieron una nueva” e imitaron las formas y técnicas de los colonizadores ante su público, y habitaron las nuevas ciudades.
De ahí la referencia al Quijote, que vive en un mundo onírico: porque los indígenas “son (y fueron) actores de una pieza sin fin que les impide abandonar el escenario y volver a la normalidad”, es decir, a su raíz, que fue anulada. Ellos no despertaron del sueño, expresó, sino que “permanecieron y se desenvolvieron, convirtiendo a su mundo irreal en realidad, y transformando la forma de ver el mundo de los criollos”.
Así, los indígenas citadinos “comenzaron desde cero la civilización de sus vencedores”, en una estrategia de resistencia cultural donde -insistió- reside el principio formal del barroco mexicano, que es el redescubrimiento y refundación de la herencia española, a partir del siglo XVII.
En ese sentido, dijo para finalizar, en nuestra época, donde la modernidad parece encauzar sólo las “malas cosas” de la vida social, inmersa en los designios capitalistas, “podría ser conveniente aprender de esa experiencia de sobrevivencia: la polis sensorial puede ser rescatada, incluso en la sociedad más represiva, y rescatar incluso lo bueno que reside en eso malo” que hoy nos rodea.
Una de tantas escenas de religiosidad popular mexicana
Celebración del Día de Muertos en Mixquic, en la periferia de la ciudad de México.
Una tarde en la Plaza de Zócalo de la ciudad de México (2004). La interacción y solapamiento de los elementos urbanos, sociales y religiosos, independientes unos de otros, crean el espacio barroco.
En Taxco, una misa y un concierto pugnan por ganar la atención sonora del Zócalo de la ciudad. La confusión que se produce recuerda el sentido extático y transfluyente del espacio barroco.