Entre 1942 y 1944, José Clemente Orozco pintó una serie de murales en el Hospital de Jesús, en la Ciudad de México, escenificando el encuentro entre españoles y mexicas. El hospital, fundado por Hernán Cortés en 1524, es el primero construido en América.
Orozco toma prestada de los códices aztecas de los siglos XV y XVI la visualización gráfica del habla frente a las figuras. Esa suerte de nubes, globos o "bocadillos", si pensamos en el comic, simbolizan la traducción, el conflicto fronterizo entre diferentes lenguas, entre distintos sistemas y al mismo tiempo las necesidades de crear espacios de comunicación. Encuentro muy sugerente la interpretación gráfica del pintor.
Fascinante imagen de la entrada a la Catedral metropolitana del DF de finales de los años 80. La combinación de usos y capas sociales siempre ha sido una seña de identidad del Zócalo. Una pena que, al menos en el recinto catedralicio, esto vaya desapareciendo a causa de su turistización.
Foto de Francisco Mata Rosas, publicada en José Joaquín Blanco, Los mexicanos se pintan solos. Crónicas, paisajes, personajes de la Ciudad de México, Pórtico de la Ciudad de México, 1990
Precisamente en la catedral, un espacio que, como dice Blanco, "sólo hay cristos y santos y vírgenes de reputación en las altas esferas y con todos los papeles en regla".
Toda una declaración de principios desde el Neza. Foto de Francisco Mata Rosas, publicada en José Joaquín Blanco, Los mexicanos se pintan solos. Crónicas, paisajes, personajes de la Ciudad de México, Pórtico de la Ciudad de México, 1990
"Still Life with Rotten Fruits" (1996) del artista canadiense David Hoffos es uno de los mejores trabajos sobre la deconstrucción de la imagen moderna. Una auténtica maravilla.
Dice el psicólogo Michael Kubovy sobre la ilusión en el arte:
"Las demostraciones de juegos de manos son exhibiciones de un extraordinario virtuosismo, incomprensible para los profanos, pero que pierden mucho de su encanto una vez que se desvela el truco [...] Una persona que ha aprendido el secreto de un truco de magia no puede obervar su ejecución y continuar experimentando la sorpresa y el asombro inducidos por objetos que parecen violar las leyes de la naturaleza. Decimos de tales exhibiciones que son simplemente trucos de entretenimiento. Es verdad que estos objetos nos estimulan en ocasiones a comparar nuestros estados mentales antes de y después de entender plenamente lo que nos hizo experimentar la ilusión [...] [Sin embargo] cuando la ilusión es la esencia de una experiencia, como en la magia [...] la obra que da lugar a la ilusión resulta particularmente efímera porque los mecanismos de la ilusión se convierten en el foco de la experiencia, más que la propia obra". (En Michael Kubovy, Psicología de la perspectiva y el arte del Renacimiento, Trotta, Madrid, 1996 (1986), p. 150).
La enorme fuerza de este trabajo de Hoffos es que no plantea un juego de ilusionismo, cuya potencia se desvanece poco después de verse, sino que el meollo radica en que plantea los mecanismos psicológicos e históricos de la imagen ilusoria como tema fundamental, de manera que siempre que vemos el trabajo inspira el mismo interés. La pieza no es ilusoria, sino que desvela las claves de la ilusión.
Se presenta en el MNAC de Barcelona la exposición de las obras que Joaquín Sorolla pintó para la Hispanic Society de Nueva York entre 1911 y 1919. Se vende la moto como si fuera una obra "moderna", como si durante esos años Duchamp no hubiera presentado su orinal ni Malevich hubiera pintado su cuadrado negro. Es de risa, cuando incluso en su propio tiempo, Sorolla era identificado por la gente de la misma forma que en su día lo fue Murillo.
Los temas iconográficos de las obras son de lo más tópico -las diferentes regiones de España-, cayendo exactamente en las catetadas exóticas que un estadounidense esperaba de España en aquellos años. En fin, todo perfectamente amueblado dentro de la tradición que se espera de un artista exitoso nacional: Velázquez, Velázquez y Velázquez... 300 años después. Dos botones de muestra de otras obras de Sorolla:
"Las máquinas de humo del teatro barroco italiano, por ejemplo, no sólo cumplen la función de transportar y hacer resaltar a las deidades, sino que también, y muy en especial, sirven para ocultar el aparato técnico".
Gerald Raunig, Mil máquinas. Breve filosofía de las máquinas como movimiento social, Traficantes de sueños, Col. Mapas, Madrid, 2008, p. 43